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Whitney Houston, un año después


Los del año pasado no fueron unos Grammys normales. La muerte de Whitney Houston arrancó de cuajo las ganas de reventar hasta la madrugada en una de las fiestas previas a la ceremonia, un accidente en la bañera de su habitación de hotel en Beverly Hills que corrió como la pólvora, obligando a modificar el guión por completo de ese fin de semana grande para la música.

En los ensayos generales hubo que incluir los correspondientes cambios, el homenaje sentido a una muerte fresca y sin digerir. A Jennifer Hudson le correspondió el trago —o el privilegio, según se mire— de cantar el tema insignia de Houston en la ceremonia del domingo, «I Will Always Love You», llorando sin remedio mientras practicaba unas horas antes de cantar en vivo.

Whitney-Houston

Por su parte, el rapero LL Cool J tomó la iniciativa de abrir la ceremonia con un rezo por la cantante de 48 años, un momento que marcó la gala. Todo ello quedó condensado en un programa especial de una hora de la cadena CBS, la misma responsable de emitir la entrega de premios este año.

La cantante de blues Bonnie Raitt explicó que «toda la gente asociada con el espectáculo tuvo que quedarse despierto toda la noche para poder hacer posible el homenaje. Creo que nunca he sido parte de algo tan inmediato como aquello».

Impacto familiar

Un año después muchos echan la vista atrás evaluando el impacto que tuvo la muerte de Houston para la industria musical y especialmente para su familia. Su única hija, Bobbi Kristina Brown, pasó de una crisis emocional profunda, con amagos de suicidio incluidos en las horas posteriores, a manifestar su amor por su hermano adoptivo, Nick Brown, ya liberada de la franca oposición que hubiera supuesto su madre ante semejante relación.

La joven de 19 años no solo se enfrentó a su abuela y al resto de parientes, sino que anunció su próximo enlace en un reality de televisión como parte de un amplio paquete orquestado por los allegados de Houston para explotar el fenómeno de su muerte.

La parte obvia fue la súbita venta de discos de la diva negra de la canción tras su muerte por consumo de cocaína y parada cardíaca, que desembocó en su ahogamiento en la bañera del hotel Beverly Hilton de Los Angeles el 11 febrero de 2012. También estaba pendiente su vuelta al cine con «Sparkle», que pasó sin pena ni gloria en Estados Unidos pese a que se adelantó la fecha de estreno para funcionar mejor en taquilla.

Esta semana, el museo Madame Tussauds estrenó cuatro estatuas de cera de la cantante para exhibirlas en Las Vegas, Nueva York, Washington y Los Angeles, además de las menciones que surgieron durante la entrega de los Grammys de ayer domingo.

También aprovechó la efeméride la madre de la cantante, Cissy Houston, que lanzó al mercado unas memorias, «Remembering Whitney», un libro, por cierto, al que se ha opuesto Bobbi Kristina con todas sus fuerzas por considerarlo una falta de respeto con su madre. Era previsible que la memoria de semejante leyenda permaneciera viva un año más tarde. Aún le queda cuerda al fenómeno.


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